.Pediría perdón por saturar el blog tan por la espalda con esta abrumadora, al menos para mí, colección de textos que hice propios, siendo ajenos. No tengo otro remedio. Enhebro, una tras otra, lecturas que me colman, placeres que remozan este ajado edificio. ¿Estoy en racha o apuesto sobre seguro?
Cada vez que me rindo a Caricias perplejas, de Olga Bernad (Fundación ECOEM, Sevilla, 2009), me sobreexcita una conmovedora (de conmoción, sin blandenguerías) sensación de invadir una intimidad y hacerla propia. En su desnudez cálida y voluptuosa me dejo convertir sucesiva o simultáneamente (ventajas de lector) en amante o/y amado y me engríe esa capacidad suya (como si fuera propia) de domeñar silente el pálpito, sea cual sea, pues dueña (o dueño) soy de sus pasiones más altas. Y más bajas.
Ella escribe como solo lo haría el ángel del señor, con el secreto azul del verbo hecho carne o viceversa, puesto en claro y tallado con una naturalidad altamente contagiosa. Uno cae, desde el primer verso (y aun desde el primer vistazo que echa al libro, hermoso como un dios pequeño) en su íntimo damero de emociones translúcidas, en su vaporoso laberinto de fidelidades arduas. Y quisiera no salir de ahí.
Caprichosamente, por alguna razón que tal vez solo un corazón amordazado entiende, me viene a la imaginación un blanco y negro neblinoso y denso de aeropuerto; Casablanca; un pudo ser y no fue; un será, de ese modo, eterno. Y es que siempre nos quedará... Bernad.
.





.jpg)





